El Dolor:

En un principio, el mundo vivía en paz y armonía. Todo era puro, etéreo y sin filo. Las criaturas nacían y morían siguiendo un ciclo constante e inamovible.

Pero fue en la frontera entre la luz y la oscuridad donde apareció la grieta. Una herida en el aire, palpitante, que nadie quiso tocar, pero un niño curioso acercó su mano.

Todos fueron capaces de escuchar su grito, un lamento desgarrador que atravesó los corazones.

Y ese grito se quebró en mil pedazos, y cada uno de ellos se unió y tomaron forma. Nació entonces un ser sin rostro, hecho de sombra y sangre, al que todos temieron al instante.

Allí donde caminaba, las flores se marchitaban, las espadas de los guerreros temblaban en sus manos, y hasta los dragones, en sus sueños de piedra, se agitaban inquietos.

No era bueno, ni malo. Se arrastraba como un humo helado, desde las montañas escarpadas, los frondosos bosques y los apacibles valles. Allí donde posaba sus dedos invisibles, descubrían la fragilidad: huesos que podían romperse, mentes que podían hundirse en el vacío, la enfermedad, la pérdida temprana de un ser querido.

Los magos intentaron encerrarlo con sellos, pero ese ser no podía ser tocado. Se pegó a la piel de los hombres y a la memoria de los elfos. Las madres abrazaron a sus hijos con más fuerza, temerosas de perderlos, los amantes descubrieron lo que escondía la traición, y los reyes lo amargo de la derrota.

Los sabios escribieron que no había sido fruto de una maldición ni una condena, sino que había nacido por nuestros actos. Un ser eterno. Porque ninguna criatura, ni dios, ni hombre podrá jamás escapar de su abrazo. Ya que había venido para que nada fuese en vano. Para que cada pérdida doliera lo suficiente como para ser recordada, y que cada alegría brillara con más fuerza al saber que podía desvanecerse en cualquier momento.

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