Estoy bien... o eso dicen:

«Estoy bien.»

Esa es la primera mentira que salió de mi boca.

La segunda fue sonreír cuando me preguntaban qué tal, porque explicar la verdad siempre era demasiado largo, demasiado incómodo, demasiado…todo.

Al principio lo intenté.

Dije palabras técnicas que sonaban importantes. Describí síntomas, dolores y emociones.

Hablé de días donde apenas podía dar ni dos pasos sin la necesidad de acudir al baño, de noches sin dormir, de cansancio constante, de mañanas con tal sensación de vértigo, que dificultaba mantener mi propio equilibrio.

Expliqué la elaboración de menús específicos para favorecer la digestión, maneras de cocinar con precisión y medidas justas de los alimentos.

Me escuchaban. Asentían.

Pero luego llegaban las dichosas frases que todos hemos oído alguna vez en nuestras vidas.

—Bueno, seguro que te pondrás mejor.

—Yo te veo buena cara.

—Tampoco será para tanto.

—¿Estás comiendo bien? Es que no puedes comer tanto precocinado ni tanto frito.

—¿Seguro que no es una excusa para no trabajar?

Ahí empezó todo.

Como si cada vez que alguien le quitaba importancia a lo que me pasaba, borrara una parte de legitimidad.

Esas palabras, en ocasiones sin mala intención, otras dichas para juzgar, dolían terriblemente. Así que dejé de dar explicaciones.

Aprendí a ir al baño en silencio, a disimular el dolor en público, a fingir que me encontraba bien.

Me convertí en una versión funcional de mí misma para no incomodar a nadie.

Porque es más fácil fingir que estás bien, que explicar algo que los demás no quieren entender.

Porque nadie quiere hablar de esto.

La gente no quiere hablar de que algo va mal, no quiere saber qué hay enfermedades que no se ven a simple vista y son incurables. De que el cuerpo puede convertirse en tu mayor enemigo. De que el dolor, cuando no se refuta con pruebas médicas, puede no ser fingido.

Y sobre todo…

No quieren hablar de lo fácil que es empezar a desaparecer cuando nadie valida lo que te pasa.

Al final, acabas sintiendo que nadie te comprende, que tu enfermedad es una debilidad.

Y eso te hace sentir miserable e insignificante.

Hasta el punto de creer que tan solo eres una carga para los demás.

Es mirar tu rostro pálido y enfermizo en el espejo. Tu mirada cansada de ojos apagados. Sentir el dolor constante en cada parte de tu cuerpo.

Y preguntarte qué has hecho mal en tu vida para merecer este castigo.

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