Inercia:

En el VTC te enseñan a no mirar a la gente. Solo la ruta. A aceptar trayectos que van del punto A al punto B.

Lo demás no forma parte del viaje.

El pasajero iba detrás, como todos. Subió en una dirección que no recordaba haber leído en la aplicación. Dijo algo que no comprendí.

—Podías haber parado antes.

No le respondí.

Lo llevé a su destino y bajó sin decir nada más. Ni siquiera dejó propina. Pero yo seguí conduciendo.

La ciudad seguía moviéndose fuera, indiferente. Gente cruzando, luces cambiando, trayectos que continuaban uno tras otro.

Después llegó una pareja. Subieron bastante animados, demasiado animados. Se acomodaron en los asientos traseros como si se tratase del sofá de su casa.

—Deberíamos habernos quedado —dijo él.

—Llegábamos tarde —contestó ella—. Además, tampoco tenía tan mala cara.

El resto del viaje lo invirtieron en darse el lote sin miramientos.

No les recriminé nada.

Al final del trayecto se quedaron en una esquina, riéndose entre ellos, como si el mundo fuera algo que podía posponerse. Yo me quedé un segundo más de lo necesario, mirando por el retrovisor.

Luego seguí.

A veces el coche se queda en silencio durante largos tramos. El motor eléctrico ayuda a eso, dejando una sensación extraña, como si flotara en el aire con los oídos taponados.

El siguiente pasajero subió sin mirarme. Se sentó detrás y apoyó la cabeza en la ventana.

—A veces las personas piensan que lo más difícil es ayudar —murmuró—. Pero no es eso.

No respondí.

—Lo más difícil es cuando decides no hacerlo.

Miré por el retrovisor un instante, pero no insistió. El resto del trayecto lo hizo en silencio, observando el exterior con melancolía mientras comenzaba a oscurecer.

Cuando llegamos, señaló el lugar sin moverse del asiento.

—Fue aquí.

No pregunté a qué se refería.

Bajó despacio, como si no tuviera prisa en llegar a ningún lugar concreto.

Yo acepté el siguiente viaje.

La noche fue avanzando con esa normalidad que tienen las cosas que no deberían llamar la atención.

Una mujer que hablaba por teléfono a gritos. Un hombre que revisaba el móvil sin levantar la cabeza. Un grupo de chicos que me pidieron poner la música a todo volumen para ir cantando de un local a otro.

—No sabía qué hacer —comentó una muchacha al bajar—. Podría haberme buscado un problema.

Me alejé lentamente, mientras ella se quedaba quieta en la acera.

Los viajes se sucedieron, hasta que llegó la típica hora de parón.

El coche estaba vacío, pero una sensación pesada comenzaba a invadirme.

Apagué el motor.

Me pareció un buen momento para cerrar los ojos y descansar un rato. Doce horas de turno, seis días a la semana, con un contrato a media jornada mal pagado. No iba a esforzarme más de lo necesario.

—Creo que no me encuentro muy bien.

El joven estaba sentado en el asiento de atrás.

Al principio pensé que era una de esas quejas gratuitas. Estaba pálido, con náuseas, agotado después de una noche de fiesta. Habíamos ido dejando a sus amigos en varias paradas y solo quedaba él. Yo solo pensaba en que no vomitara sobre el asiento.

Pisé el acelerador.

El joven empezó a moverse en el asiento. Después a hablar otra vez. Dijo algo de su pecho.

—Para —pidió con un hilo de voz.

Miré el navegador en la pantalla. No estábamos lejos del destino.

Pensé que aguantaba. No parecía tan grave. Pasaron muchas cosas por mi mente que no dije en voz alta. Y seguí conduciendo.

Cuando llegamos, ya no hablaba.

Le abrí la puerta. Le ayudé a salir. O creo que lo hice. No lo recuerdo con precisión. Solo recuerdo la sensación de querer terminar el trayecto rápido.

Se quedó allí, bajo la luz blanca de una farola. Se veía tan pequeño.

Yo me fui.

Toc, toc.

Me desperté sobresaltado. La respiración agitada y empapado en sudor.

Era un compañero, que se reía mientras me hacía una foto con el móvil. Siempre las mismas bromas absurdas. Pero yo no quería discutir esa noche.

Arranqué el motor y me puse en movimiento.

Llegué al lugar. Iluminado por la misma luz blanca de la farola, recordé lo que había oído esa misma mañana en la radio del coche:

—…el cuerpo de un joven ha sido hallado en la esquina de la calle… Según fuentes policiales, no presentaba signos de violencia externa y todo apunta a una posible emergencia médica no atendida a tiempo…

Era la misma esquina. El mismo destino al que había llevado a varios pasajeros durante la noche.

El recuerdo me golpeó con imágenes claras de lo sucedido: el asiento trasero, su respiración irregular, la forma en que dijo que no se encontraba bien.

Y yo pensando que solo quedaba un poco más.

Un poco más de trayecto.
Un poco más de tiempo.
Un poco más de nada.

Entonces arranqué sin pensar demasiado. La radio seguía encendida, no recordaba cuándo lo había hecho, pero bajé el volumen. Miré la esquina por el retrovisor mientras me alejaba.

Pensé en dar la vuelta. En ir a la comisaría.

Pero el coche ya estaba en movimiento.

Así que seguí conduciendo.

Y yo no supe cómo detenerlo.

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